Y quien (no) me conozca, que me invente

¿Y qué querías?
¿Quedarte atrapada
en el gotelé de las calles?

La pregunta sobre quienes somos podría desmenuzarse en elementos abruptos e innecesarios para proyectar en aquella tediosa incógnita una dificultad que rara vez podría encontrarse en aquellos que la formulan o que intentan, a través de ella, investigar en cada uno intentando sacar lo más oculto de sí mismo. Sin embargo, cuando nos preguntan sobre nosotros mismos, sobre aquel yo ególatra que la gente busca sin mucho esfuerzo en un espejo, esperan una serie maravillosa y casi castigadora de construcciones  poco estables pero muy resultonas sobre aquello que alguna vez fue un lienzo en blanco y que, ahora, según cada uno de nosotros, bien podría tenerse en cuenta como una grandiosa obra de arte colorida y pintoresca, o, en cambio, para los más exigentes, oscura y misteriosa. Y, ante esa pregunta, a cada uno de nosotros nos encantaría proponer una retahíla interminable e incesante de soflamas vacías, de logros cumplidos y de talentos fructíferos. Pero no, no hay nada que pueda decirse y que, además, se pueda valorar, como respuesta a la pregunta sobre quién es cada uno de nosotros porque, hasta donde sabemos, “ser” no somos nada. Ni falta que hace, ¿verdad?

“Conócete a ti mismo” -γνῶθι σεαυτόν- era el lema imperante entre los griegos. Consideraban el reconocimiento del propio sujeto como parte de sí mismo pieza imprescindible e irreemplazable de la educación humana y del desarrollo personal que ellos mismos planteaban a través de aquel conocimiento. Sólo partiendo de las limitaciones del ser humano y contraponiendo estas fronteras de la capacidad humana a la transcendencia de la naturaleza podía el sujeto pensante saberse o, al menos, creerse más inteligente que el propio tiempo. La physis, el estudio de la naturaleza, llamaba la atención y presocráticos y pitagóricos decidieron atravesar su conocimiento con la ilusión del ser humano como eje transistorial del mismo. El sujeto se colocó en el centro de todo progreso, pero, así mismo, en el gatillo de cualquier dificultad que se encontrara en un estudio supuestamente fácil de aquel majestuoso yo, su majestad el Yo, que impera en nosotros.

Cuando nos preguntan quién somos, debemos negarnos el conocimiento fácil de una construcción llevada a cabo por los demás e intentar zambullirnos en aquellas ideas que buscaban los presocráticos o filósofos griegos como Aristóteles. Preguntarse por uno mismo es una ilusión depredadora que nos permite olvidar que no somos nada si no nos colocamos las etiquetas que, lejos de darnos a conocer a nosotros mismos, lo único que consiguen es retratarnos en el ojo ajeno, presentarnos dentro de un marco o de molde predeterminado por aquellos que nos miran y que, sobre todo, nos juzgan. Al igual  que su majestad el Yo rechinaba en los textos de Kant, así lo hacían adornos como los marcos en sus teorías sobre la estética donde un adorno era, simplemente, un elemento en detrimento de la  belleza auténtica del cuadro. ¿Quién soy? Soy nada y todo, soy un cúmulo de posibilidades desaprovechadas, un olvido interminable que algún día decidiré cortar y, sobre todo, soy un gran número de preguntas poco importantes que nadie sabremos contestar. Porque la victoria más dura es la victoria sobre uno mismo, aquella que se gana y se pierde al mismo tiempo.

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