Pio Baroja y su Tiempo Intermitente

Ojalá el tiempo fuera sólo, triste y tierno

Vulgar, sagaz, lujo, muerte y sueño, pero, en cambio, no.

__En cambio, el tiempo decidió ser eterno

 

El tiempo ha dado no pocas discusiones a lo largo del desarrollo filosófico de la historia y de la concepción del mismo dependen muchos de los conceptos que rodean nuestra mente y nuestras ideas cada día, cada noche, en cada momento. Sin concepto de tiempo sería difícil dictaminar ideas como el hoy, el ayer, o el mañana, pero, igualmente vendrían a tambalearse conceptos aparentemente tan cimentados en nuestra sociedad y en la misma ciencia como son los conceptos de velocidad o aceleración. Parece mentira, pero el tiempo, durante muchos años, no estuvo garantizado y la visión que distintas culturas como la griega o la egipcia podían funcionar como engranajes de un reloj suizo a partir de concepciones del tiempo total y absolutamente diferentes. Pero, ¿qué es el tiempo? Curiosa pregunta, ¿verdad? De esas que parece que no merecen la pena tener en la cabeza…

El tiempo es la base de todos los segundos que vivimos, hemos vivido o queremos vivir y, además, comienzo imprescindible de muchas de las sensaciones que tenemos el uno con el otro o incluso con nosotros mismos. ¿Qué sería del echarse de menos sin un tiempo en el que estar separados? O, de la misma manera, ¿para qué valdría recordar si no hubiera tiempo en el que somos olvidados? Pero, entonces, si en tiempo es algo tan palpable y tan imperecedero, tan real y evidente que sentimos como a cada latido transcurre, ¿qué es lo que nos impide explicarlo o conceptualizarlo? ¿Quién duda de su misma visión temporal tanto como para negarla en rotundo?

Pio Baroja, en la Cuarta Parte de su “Árbol de la Ciencia” (capítulo imprescindible para cualquier Filosofer además de una obra de una calidad literaria maravillosa), subraya dos de las claves para comprender la visión de la intemporalidad, para entender la prueba de lo contrario a pesar de uno mismo, la acusada evidencia de aquello en lo que no se quiere creer: Kant y Schopenhauer. Ni tiempo ni espacio son posibles en el universo y aquello en lo que vivimos no es más que una cadena interminable pero, además, imposible de comenzar con una causa primera, de relaciones de causas y efecto, porque, como dijo Schopenhauer y así parafraseó Baroja, “una causa primera es como un trozo de madera hecho de hierro”.

Otro de los filósofos extremadamente entregados con la idea del tiempo y de su cuestionamiento fue uno de los pensadores que más necesitaba ese concepto para probar lo que se consideraría como comienzo y final de su propia filosofía: Dios y el tiempo vistos desde Agustín de Hipona. Agustín de Hipona huyó de las ideas preconcebidas sobre el paso del minutero y deshizo la idea de que pasado, presente y futuro fueran algo diferente al momento o segundo vivido en este mismo instante. Para Agustín el tiempo no era algo real, un concepto que, “si nadie me pregunta lo sé; pero que si me preguntan e intento explicarlo, no comprendo” sin más línea temporal que aquella en la que vivimos en el momento presente. Son conceptos artificiales y que nosotros consideramos como inherentes al tiempo, horas, años, eras, segmentos los que diferencian aquel tiempo en el que queremos creer sin ser más que una suma imposible de momentos separados pero encolados en nuestra mente para así crear un bonito y agradable papel pintado. El tiempo sólo se encuentra en nuestra mente y sólo podemos diferenciar el tiempo no en pasado, presente y futuro, sino en recuerdo, percepción y esperanza.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información. ACEPTAR

Aviso de cookies
Recuperar contraseña
Escribe tu email.
El sistema te enviará una nueva contraseña a tu email.