Nietzsche y sus “13 Reasons Why”

“Hola chicos y chicas. Soy Hannah Baker. En vivo y en estéreo. […] Espero que estéis preparados, porque estoy a punto de contaros la historia de mi vida. Más concretamente, por qué se acabó mi vida. Y si estas escuchando estas cintas, tú eres una de las razones”

Netflix sorprendía al mundo con una serie original centrada en las vicisitudes de la vida adolescente y en la influencia del bullying y de situaciones extremas como la violación o la ridiculización pública en la salud mental de los jóvenes. Sin embargo, esta nueva historia basada en la novela juvenil homónima escrita por Jay Asher será especialmente aclamada o profundamente odiada por lo crudo de sus guiones y de sus escenas, entre ellas, la escena del suicidio de Hannah Baker. Obviamente, este artículo está plagado de spoilers: si no sabes quién es Hannah Baker o su historia, puedes dejar de leer; si, por el contrario, ya sabes quién mató a Hannah Baker… prepárate a escuchar la otra verdad.

En contra de la opinión general, temas como el equilibrio o la salud mental son raramente tratados o incluso mencionados en el ámbito televisivo y, cuando lo hacen, suelen ser visiones de la salud mental poco apropiadas y tremendamente inconexas con la realidad. Por supuesto, existen películas como Una Mente Maravillosa sobre la esquizofrenia, filmes como Inocencia Interrumpida cuya presentación de la bipolaridad es sublime u obras maestras como  Las Tres Caras de Eva sobre la personalidad múltiple. La salud mental y, en concreto, la importancia de un equilibrio emocional, por el contrario, siguen siendo territorios desconocidos en un gran ámbito de la producción artística.

Una de las razones por las que hablar sobre el equilibrio emocional es tan difícil es porque, por mucho que lo intentemos, los seres humanos somos incapaces de comprender completamente nuestra mente. El ser humano contemporáneo y, en especial, los millennial y aquellos llamados Generación Z, han sido educados en una sociedad obsesionada con la eterna felicidad en la que la satisfacción emocional y, por lo tanto, la felicidad plena es considerada como única señal de un éxito rotundo en nuestra vida. Y, si no lo eres, si no eres feliz… ¿Qué estás haciendo mal? Nada.

En El Nacimiento de la Tragedia, Nietzsche se dispuso a invalidar la base de toda teoría estética existente y, de manera casi casual, definió de manera breve pero brillantemente exacta la psicología humana: el ser humano es trágico; el ser humano es tragedia. Las tragedias griegas se balanceaban entre dos aspectos de la ambigüedad humana y entre sus representantes divinos en la mitología griega: Dionisio y Apolo. Mientras Dionisio encarnaba los placeres, la lujuria, los terrores, las pasiones y lo descontrolado del ser humano; Apolo presentaba un ser humano equilibrado, completo, lleno de luz y de pulcro equilibrio, un alma en perfecta armonía. El ser humano, como la tragedia, no consistía en uno o en el otro ni en la prevalencia de Apolo sobre Dionisio, sino en una tensión perfectamente sincronizada entre ambas deidades cuya destrucción supondría la misma destrucción del ser humano. Sin tensión, no hay ser; el ser humano sólo es posible en tanto que cognoscible como una tensión consigo mismo. Pero, ¿es el ser humano definible como tensión? ¿Qué implicaciones tiene?

Definir al ser humano como tensión sugiere la imposibilidad de aspirar a un ser humano basado en la pura felicidad y en la satisfacción vital plena. La incesante carrera hacia la felicidad absoluta es un elemento inequívoco en la frustración de los jóvenes y no tan jóvenes. No sólo de aquellos víctimas del bullying, sino también de aquellos que ejercen bullying sobre los demás. La fragilidad emocional de los adolescentes se crea como un cúmulo de demandas sociales y de identidades que les interpelan con diferentes objetivos sinsentido de lo que “deberían ser”.

Animadora, jugador de fútbol… parecen claros estereotipos americanos de lo que se espera de los jóvenes en las películas y, claro, al otro lado de la pantalla no nos parecen más que abruptas exageraciones de la realidad. Ser animadora o jugador de futbol parecen metas absurdas y, en muchas ocasiones, ficticias… pero, ¿y si hablamos de ser el primero de la clase? ¿De ser el más listo? ¿El más atlético? ¿El más creativo? ¿El más productivo? ¿El más rápido? ¿El más eficiente? ¿No son estas metas socialmente impuestas, al igual que aquellas de ser animadora o jugador de fútbol en las películas americanas? ¿Cuándo vamos a acabar esta carrera sin sentido? Y, lo que es más importante, ¿cuándo vamos a dejar de imponer en las futuras generaciones esa asfixia por querer ser más? ¿Por querer ser el más? ¿El más de qué?

Este articulo es una introducción al reportaje "¿Tuvo Nietzsche sus "13 Reasons Why?"
del Filozine de Mayo publicado por Filosofers y disponible para sus suscriptores.
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