Netflix y Descartes: la Filosofía de Stranger Things

Hey, I was just wondering
Why I have been so sad
even though my lips are silent
All my words are breaking apart

Una sociedad contemporánea no es una sociedad real si no tiene en sus manos una televisión que la refleje y modele a su antojo. Medios de comunicación nos visitan en nuestras casas y, de manera improvista, les deseamos los buenos días y les damos carta blanca para que, con libre albedrío, se paseen por nuestras mentes sin ningún tipo de responsabilidad. Es aquella sociedad que cambia la que avisa, a través de las múltiples maneras de comunicarnos entre nosotros, de que no va a dar marcha atrás y de que existen otras formas de mirar a nuestra realidad. Desde Netflix, esta pasada semana, nos ha llegado una serie que bien puede conocerse ya como fenómeno y que, o bien en esa demonizada televisión o bien en cada una de nuestras particulares pantallas escaparate detrás de las cuales nos sentimos protegidos. Stranger Things ha acaparado nuestra atención y ha conseguido sembrarnos dudas, por lo menos, acerca delo que nuestra percepción y nuestra realidad nos puede hacer creer. (Tranquilxs, es una reflexión sin SPOILERS)

Una de las frases que podemos ver a lo largo de la serie transcurre entre una de las más importantes preguntas de lo filosófico y lo metafísico. En ella, la protagonista se pregunta a sí misma por la realidad del mundo en el que vive achacando sus dudas a una traicionera imaginación. Existe una fina línea entre lo real, lo que consideramos real y lo que realmente es real (valgan todas las redundancias que se puedan encontrar en esa frase) y parte del mundo tal y como lo conocemos varía y sufre diferentes modificaciones dependiendo del concepto de lo real desde el cual lo miramos. Muchos filósofos se han preguntado si la realidad en la que vivían no era más que un mero fruto de su imaginación o si, en cambio, podían confiar sus aptitudes, sentido o razón, para, a partir de esos conocimientos, crecer y llegar a tener una concepción del mundo sólida., Uno de esos filósofos fue el célebre Descartes que con su duda metódica pudo demostrarse, por lo menos a sí mismo, que la realidad en la que vivía era su realidad y única realidad es lo que podía existir.

Las pruebas que Descartes se pidió a sí mismo para corroborar la existencia del propio sujeto eran, grosso modo, tres: la primera, el conocerse a sí mismo y el saberse existir, porque no podía haber duda en su existencia si de por sí dudaba, la duda existía sólo si existía alguien que dudara: cogito ergo sum. De la misma manera, no sólo necesitaba probarse como sujeto sino también como objeto de una realidad y, por lo tanto, Descartes no podía ser simplemente una mente desprovista de toda realidad exterior sino que tenía que probar que aquella realidad existía. Asimismo, no podía quedarse solo en probar esa realidad sino en la moral de aquella misma realidad de la que Descartes era parte y de la cual Descartes era habitante, solo suya y no inducida por cualquier otro ente.

Sin embargo, es extraño la manera en la que nuestra propia mente duda de la veracidad de sí misma y, además, es curioso cómo, simplemente con una pregunta, podemos desmoronar cualquier certeza que tengamos sobre lo que vemos, oímos, escuchamos, hablamos o, incluso, tocamos. Esta inseguridad puede provenir, por un lado, del miedo a lo real, al mirar lo que realmente es real o, por el contrario, a la imagen de una realidad fuera de nosotros mismos e incontrolable porque no somos capaces de llegar a ello. La inseguridad de ser los creadores de un mundo demasiado bueno para lo que pensamos. Esperamos que lo que nosotros vemos sea, en cierta medida, lo que es en realidad y, sin embargo, dudamos sobre si nuestro cerebro no será lo suficientemente bueno como para conocer su realidad en conjunto.

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