La mente arcoíris de Locke

La lluvia deshecha, desaparece maltrecha,

destrozada por la buena nueva, crítica, discreta

del Sol visible que deshuesa la arena

 

“Dejar la mente en blanco”, “no pensar en nada” más que en la nada misma y sentirse deshecho por dentro cerca de una inexistencia digna de alguien de otro mundo. Dejar atrás nuestras ideas, no escucharlas aunque no griten desesperadas porque buscamos la paz en lo blanco de la falta, en lo claro e sabernos libres de las mentiras y riquezas de nuestras propias construcciones mentales. Son muchas las disciplinas, desde cualquier modalidad de gimnasia relajante así como cualquier tipo de táctica de concentración que nos recomiendan dejar la mente en blanco, volver a aquella tabula rasa con la que, según Locke nacemos, desprovistos de cualquier otra cosa que no sea lo que somos en ese preciso y único instante.

Locke, en su epistemología, desarrolló una teoría completa basándose únicamente en aquello que es meritorio, que se consigue a través de la experiencia huidiza de cada uno de nosotros, lejos de aquellas vicisitudes de la razón cuadrada y poco flexible. En la experiencia, variable y versátil, todo lo imaginable era posible y así imaginaba Locke el propio ser humano como capaz de todas las cosas que en su mente se presentaran como mínimamente existentes. Ser lo que a partir de la experiencia nos encontramos no es ir más allá de definir una manera de conocernos y, por ende, de conocer el mundo en el que nos encontramos. Aquella tabula rasa de Locke era un trampolín al conocimiento y no una forma de evasión, no había necesidad de “dejar la mente en blanco” porque sólo a través de dejar ese estadio de la nada podía el ser humano conocer el algo.

En cambio, ¿en qué momento es el ser humano el que, en la imposibilidad del mundo, decide querer volver a esa tabula rasa que tanto tiempo le costó dejar? Huye el ser humano de sí mismo y es aquél el único animal que necesita huir de sí mismo para sentirse tranquilo y reconfortado como si en su interior no hubiera quien pudiera identificarse consigo mismo. Antes de conocer, el ser humano prefiere no hacerlo y dejarse llevar por aquella nada o aquella huida que lo ayuda a refugiarse de lo que lo acecha. Y es curioso eso mismo, el ser humano como núcleo de sí mismo es el que quiere huir de todo lo que sus emociones construyan siendo él único en el aparente control de sí mismo. La huida de sí mismo es el escudo del que dispone por no poder ni querer enfrentarse a aquello que, como diría Locke, es lo más puro del ser humano, sus sensaciones y emociones.

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