Y por las venas, la ética humana

Y qué virtud lleva el cielo
Si en la llama se equivoca
¿A qué bestia creo yo
Si es en mí en quién luz y sombra se borran?

Bestias devoro sin saber dónde voy
Acaso vuelvo a ello
Si quien dice vuelvo a lo muerto
Vuelvo al credo que soy
Empero ruge el miedo

 
El tiempo, corre, abruma y la música nos hace derrapar dejando marcas de neumáticos quemados por todos nuestros recuerdos. De repente, nos descubrimos, perdidos a la velocidad indomable de las notas carcelarias y poco permisivas que, entre sonidos, timbales y bajos retumbantes, enmascaran nuestra existencia en el albor del tiempo, del lugar, del dolor del fuego en la tierra y del olor a misterio del no saber más. Susurramos ante la poca atención que en nosotros dispone aquel llamado fáctico destino para no molestarlo, para que no remarque nuestra presencia y para que siga devorando los segundos que perdemos mientras él sabe el gran empeño que ponemos en escondernos.

Las vueltas con las que los vaivenes del mundo nos marean son crueles, de una crueldad tan humana que inhumana se reconoce ante nosotros, despojada de su verdadero origen, del miedo que ella crea en nosotros; la crueldad desconocida que obligamos a depender del cielo y que nos conjura la maldad como si no fuera algo nuestro. Y está en la dureza del tiempo, en lo ilimitado del espacio que le cuerpo resista a tanta oscuridad engañada, a la necesidad de excusa y culpa en la que se bañan nuestros remordimientos dejándonos a nosotros sólo y únicamente agua sucia.

El Rock and Roll es uno de nuestros géneros favoritos, nos guste o no. Y, aunque de negro y oscuros, sólo nosotros sabemos que no es más que la demostración de que aún nos mantenemos pétreos, como rocas, agrietados en diferentes puntos y con fisuras casi como eje, pero indemnes y enteros, pulcros en nuestro propio infierno y tenaces ante el viento, ante la arena que por su fricción nos desviste. Un sueño de Rock and Roll, un sueño de amargura amable, de una vida sin dedicar más que a uno sólo o a nadie, sin importancia en lo dudoso de la mañana y sin preocupación por lo olvidadizo del ayer. Un paso a la vida de la luz dentro del negro que se mezcla con aquella oscuridad que derramamos nosotros por dentro, que es nuestra y que queremos, con cariño, por nosotros; sin negarnos, sin olvidarnos, pero, también, sin quedarnos las culpas de aquella crueldad injusta que poco tiene que ver con aquello que es ser.

El Rock and Roll no es sólo estridencia, no es aquello que rompe y que desgarra, sino un rompeolas que no avisa, que no llama. Martha Nussbaum, autora del libro “La fragilidad del bien” parafrasea a Séneca nombrando a los filósofos “abogados para la humanidad”. Y, es que, a riesgo de destrozarnos, queremos arreglarnos, como muñecas de trapo a las que se le ha descosido un botón, para así continuar con el verdadero Rock and Roll, que nos construye y que nos hace deshacernos de aquello que nos sobra y que nos limita, sólo para renacer desde nuestra oscuridad.

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