La Naturaleza del Escorpión, ¿Pica o No?

TRIGGER WARNING: Este artículo contiene fotografías en la que se muestran animales venenosos, aguijones y escenas que involucran estos animales que pueden crear ansiedad o angustia a personas sensibles a este tipo de imágenes. Recomendamos que el lector proceda con la lectura del artículo bajo su responsabilidad. Vamos… lo digo porque a mí los escorpiones me dan mucho yuyu… no todos podemos ser tan valientes como Marina Abramovich…

El otro día, estaba en la sobremesa de una comida familiar en la que ya se veían chupitos de licor de hierbas y café sobre el mantel. En un arranque de alma parlanchina, mi padre decidió deleitar a la mesa con una de esas fábulas que en sus tiempos de colegio de frailes había resonado en su cabeza y se había quedado enraizada en su memoria para después transmitírsela a sus hijos.

Este tipo de narraciones, no son simples momentos de conversación, sino escenas casi religiosas en las que todo el comedor decide escuchar como en una clase de matemáticas y en las que mi padre agrava la voz sin olvidarse de ningún detalle de la fábula. La fábula que eligió en esa tarde fue la de “El Escorpión y la Rana”. Debo admitir que esta fábula que, al parecer, se atribuye a Esopo, me resultaba completamente desconocida y me dejó ojiplática. Intentaré narrar la fábula de la misma manera en la que lo hizo mi padre pero me faltan años de fumar tabaco para poder llegar a esa tesitura de voz tan hipnótica.

Marina Abramović, Serbo-Croatian, born November 30, 1946 in Belgrade, Serbia) is a New York-based Serbian performance artist who began her career in the early 1970s. Active for over three decades, she has recently begun to describe herself as the "grandmother of performance art." Abramović's work explores the relationship between performer and audience, the limits of the body, and the possibilities of the mind

La fábula decía así:

“Ërase una vez una ranita. La ranita nadaba cada día desde que tenía consciencia por el mismo río, había crecido bañándose en aquellas aguas y conociendo cada remolino y corriente de ese gran caudal. Un día en el que las aguas del río estaban algo agitadas, un pequeño escorpión chistó a la ranita, que nadaba tranquilamente en la corriente, para que se acercara. La ranita, curiosa pero temerosa, se acercó con cautela al sospechoso escorpión:

– Ranita, ranita verde. – llamó apelativamente el escorpión – Me gustaría llegar al otro lado del río, pero mis patas no tienen aletas como las tuyas y mis extremidades no son tan fuertes como las tuyas. – explicaba con voz solemne el escorpión -¿Me ayudarías a cruzar el río subiéndome en tu espalda?

La ranita no pudo evitar una mirada de desconfianza, pues las fechorías de los escorpiones habían ayudado a enebrarles una mala reputación. La ranita iba a proseguir su chapuzón mañanero cuando el escorpión volvió a hablar:

– Ranita, ranita verde. – repitió rimbombante el escorpión – Si me ayudas a cruzar el río subiéndome a tu espalda, prometo no hacerte ningún daño.

– Pero me picarás, como pican los escorpiones. Picar, esa es la naturaleza del escorpión. – respondió desconfiada la ranita.

– Ranita, ranita verde. – volvió a decir el escorpión – No te picaré. ¿No ves que si te pico y mi veneno te mata mientras cruzamos el río también moriré yo? – inquirió astutamente el escorpión.

La ranita sopesó la lógica de la proposición del escorpión: obviamente, el escorpión necesitaba a la ranita para cruzar el río, si la picaba antes de cruzar, ambos morirían ahogados.

– De acuerdo, – accedió la ranita – súbete a mi espalda y te ayudaré a cruzar.

De esta manera, el escorpión subió a la espalda de la ranita y, poco a poco, la ranita comenzó a nadar hacia la otra orilla. El agua salpicaba cada vez que la ranita pateaba la corriente y avanzaban poco a poco para cruzar aquel agitado río.

De repente, a mitad de trayecto entre las dos orillas, el escorpión hizo un movimiento rápido y la ranita notó un pinchazo certero y doloroso en su espalda. ¡El escorpión la había picado!

– ¿Cómo has podido hacer algo así? – preguntó incrédula la ranita mientras tomaba conciencia de su destino fatal – ¡Ahora moriremos los dos! – gritó desesperada.

– No he podido remediarlo. – admitió avergonzado el escorpión – Picar, picar es la naturaleza del escorpión.”

The Dive

El comedor quedó en silencio cuando mi padre terminó de narrar la fábula y prosiguió con la discusión de algún evento político que había acontecido esa misma semana y que ya habían empezado a discutir durante la comida. Sin embargo, desde una esquina del comedor, una sensación de tristeza y desesperanza comenzó a cruzar mi cuerpo y no podía dejar de pensar en aquella pequeña ranita que, con confianza y buena intención había decidido ayudar al escorpión sin importarle su reputación o su “naturaleza”. La filosofía occidental a tropezado y trastabillado en múltiples ocasiones con el concepto de “naturaleza humana” desconfiando del hombre tanto como para llamarle “lobo”, como hizo Hobbes, o catalogando al ser humano como “noble”, tal y como hizo Rousseau.

La moraleja de la fábula debía interpretarse como un grito a la desconfianza del ser humano puesto que habrá personas cuya maldad sea tan inherente a su ser que les será imposible comportarse en beneficio de los demás, pese a que hacer lo contrario supondría comportarse en su propio detrimento. Esta declaración en contra del la asunción del buenismo humano me dejó helada, temerosa de ser yo la próxima ranita en recibir el aguijón de esa persona que, pese a perjudicarse a sí misma, preferiría la maldad antes que el bienestar de todos. Ponerme en el lugar de la ranita me dio escalofríos y llegué a conclusión de que la ranita debía haber sido más cautelosa y desconfiar de un escorpión, dado que su naturaleza es la de picar. Después me di cuenta de que, si no quería ser la ranita, entonces me convertiría en el escorpión de la historia y pensé que prefería morir como la ranita, convencida de la virtud del ser humano, que como el escorpión, ahogado por culpa de su propio veneno.

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