“El tamaño no importa”, dijo Aristóteles

Cuando era una adolescente, nos hicieron leer en clase de Euskera un libro precioso de Karmele Jaio, escritora vasca que escribía novelas suficientemente accesibles para mentes insensibles de primero de bachillerato pero que, al mismo tiempo, ofrecía un trasfondo ético y estético que quería inculcar una profesora dedicada y preocupada a unos alumnos que ella sabía estaba formando. Aquel libro despertó todo tipo de quejas y críticas entre voces cortadas por falta de articulación y de juicio y se perdían difuminadas mientras yo leía un capítulo de aquella novela que se me quedaba grabado en las retinas como si de una inscripción en piedra se tratara. Quedó inerte en mi retina, sin vida, porque soy incapaz de recordar su principio, su final o aquel contenido que la autora pensó debía influenciarme. Y, es que, jamás podré olvidar el rechazo que sentí al ver aquél monstruoso capítulo que desafiaba los límites de la literatura conocida.

Aristóteles decía en sus anotaciones dedicadas a la lógica o, más concretamente, en lo referente a las estructuras de nuestra lógica, que la clave de esta disciplina estaba en la forma. Ni platónico ni socrático, muchos pensaron que aquella afirmación era la equivalente al soliloquio vació y deprimente de “el tamaño no importa”… ¿cómo va a ser la forma lo importante en la lógica? ¿Dónde quedan los contenido y, por lo tanto, la columna vertebral de nuestros denostados argumentos mentales? La incredulidad de los lectores aristotélico era más que palpable y, ellos, ojipláticos amantes  del logos, no podían más que admirar a aquel loco que reducía la argumentación y la base de cualquier lógica a pura geometría dialéctica.

Frío o Caliente? Ikea Hack: El Ahoracado "Iluminado" : x4duros.com

Aristóteles me convenció, por razones más que varias; pero, en este caso, pude corroborar con mi propia experiencia que, en efecto y para el efecto, lo importante era la forma. Mientras leía el capítulo del libro Musika Airean, mi cerebro peleaba por parar y descansar, exhausto por el esfuerzo que estaba ejerciendo al intentar descifrar aquella amalgama de proposiciones que tenía ante sí. Pétrea, desconocía aquel lenguaje que estaba leyendo y miraba las hojas amarillentas con gesto confuso para hacerle saber a las letras que no tenía ni idea de lo que significaban. Y, es que, la autora había decidido ofrecer al lector un rompecabezas avanzado en el que las líneas impares contaban una historia y las líneas pares otra. ¡Acabose! ¡Si lo hubiera sabido antes de que mi cerebro intentara autodestruirse por el sobreesfuerzo!

La historia que presentaba la novela era sublime o eso leo entre los apuntes que guardo de la época, pero mi memoria desconoce de qué se trata dicho contenido. En cambio, reconoce y alaba la calidad estética y la intensidad del reto al que se vio avocada mi mente que, una vez más, tuvo que doblegarse a los caprichos de la forma y tuvo que descifrar como lo hizo Turing o como hacía Nash, las letras y los números que veía en frente de sí misma para poder comprender de qué se trataba aquel juego conceptual que mi mente no era capaz de captar. ¿Cuál habría sido mi sensación si, en vez de en líneas alternas, el capítulo se hubiera desarrollado de manera tradicional y sin sobresaltos? ¿Cuál habría sido el resultado si la forma hubiera sido la típica?

Alexander Calder . vertical constellation with yellow bone, 1943

La lógica, entonces, es cosa de formas y figuras… ¡la lógica se convierte en estética! Pero en una estética de engranajes y juntas, de líneas y perpendiculares, de encajar en el espacio y de perderse en el vacío. Aristóteles sabía que el ser humano es un ser de imagen y poca semejanza, llevado por la geometría como única tierra conocida. Porque, por muy racionales que nos creamos, seguimos siendo tan intuitivos como los juegos infantiles en los que tenemos que encajar una pieza en el hueco en el que le corresponde y en el que, si nos equivocamos, nos quedamos mirando la pieza hasta darnos cuenta de que esa no era la forma correcta y de que tenemos que buscar otra forma que encaje en aquella ranura. Sin embargo, ¿debemos seguir intentando buscar las formas que encajes en los huecos predeterminados que nos han enseñado o deberíamos plantearnos si esos huecos no son más flexibles de lo que pensamos?

¿Por qué seguimos jugando como niños dejados en la guardería, pensando que tenemos que seguir encajando piezas en sus huecos correspondientes? ¿Por qué seguimos hipnotizádos por una forma que, si bien es fácil para nuestra rutina, nos deja adormilados? ¿Por qué no nos sorprendemos ante los cortocircuitos de nuestros argumentos, como ante las líneas de Karmele Jaio, y buscamos la plasticidad de la maravillosa forma que se postra a nuestros pies para que la moldeemos? Juguemos, pero juguemos de verdad, con esas piezas que, sin ir más lejos, no son de plástico, sino de plastilina de colores.

¿Te ha gustado este artículo? El Blog Filosofers es posible porque sustentamos este proyecto gracias a nuestra venta de merchandising filosófico. Si quieres seguir leyendo artículos como éste y apoyando este proyecto de resurgimiento de la Filosofía, por favor, date una vuelta por nuestra web y échale un vistazo a la gran variedad de productos que ofrecemos para todo tipo de filósofos. Muchas gracias por formar parte de las mentes inquietas que necesita la Filosofía. 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información. ACEPTAR

Aviso de cookies
Recuperar contraseña
Escribe tu email.
El sistema te enviará una nueva contraseña a tu email.