La Estética en Ruinas

La belleza perfecta o idealizada y la belleza imperfecta o de sombras

– Por Nerea Blanco Marañón –

El arte clásico nos mostró la hermosura del Doríforo de Policleto, quien encontró el canon, las medidas justas y precisas para mostrar el cuerpo humano en su mayor esplendor. Durante el periodo clásico (siglos V y IV a. C.) las representaciones se vuelven cada vez más realistas. Pero solo representan lo que es perfecto y está captado en el momento justo. La belleza es considerada entonces como aquello que está proporcionado correctamente, que no muestra impurezas, y que se encuentra en su momento de mayor esplendor.

Jóvenes griegos eran los modelos de esas esculturas tan hermosas. No eran adultos, ni niños, sino que lo que mostraban era el instante más puro y perfecto de la vida humana: la juventud. Ahora, cuando las miramos, aunque el tiempo ha pasado por ellas y podemos considerarlas como unas ruinas del pasado, seguimos viendo los dioses que eran, lo perfectos y puros que se mostraban ante el mundo. Su quietud en el tiempo y en el espacio, sus formas meticulosamente talladas, su estructura perfectamente medida, nos hace ver la perfección enlazada a un objeto concreto.

Aunque actualmente no vemos la obra completa, vemos cual era su idea a la hora de hacer arte: representemos lo mejor de la mejor manera posible. Cuerpos esculturales esculpidos en mármol, pausados en un instante para ser simplemente observados. La perfección y la idealización de los objetos se comunican con nosotros.

Pero lo perfecto nos cansa enseguida. Nadie es bueno todo el tiempo, porque puede resultar demasiado aburrido. Por eso los aristas han ido evolucionando buscando otros modos de comunicarse. Buscando que lo que nos permita una comunicación con la obra y una huida de nosotros mismos no sea solo lo bueno y perfecto.

De este modo podemos hablar de ruina como ese modo de plasmar la realidad tal como es, porque no todo es luz y perfección, sino que la muerte y la destrucción deben tener cabida en nuestro arte.

Nos encontramos así con dos tipos de belleza: la perfecta que muestra el instante exacto en el que el objeto se encuentra en su plenitud y con la mayor cantidad de cualidades que le hacen ser hermoso y estar “completo”, en tanto que está lleno de hermosura y el tiempo no lo ha destruido en absoluto. Se encuentra en su plenitud. La belleza resulta como la conjunción de la unión de la perfección y la completitud.

La segunda belleza es con la que nos enfrentamos al hablar de las ruinas. Es una belleza incompleta, por la que el tiempo ha pasado y ha hecho mella. La naturaleza ha seguido su curso y nos transforma lo perfecto en imperfecto, pero nos muestra ahora la otra cara de la moneda del mundo en el que vivimos. La realidad se muestra ante nosotros de un modo diferente, pero bello en tanto que es naturaleza lo que ven nuestros ojos. Porque la realidad es vida y muerte, y fealdad y hermosura, y todo lo que hay en este mundo debe considerarse bello aun a pesar del dolor que nos cause ver la destrucción de lo hermoso.

Como vemos, el término belleza no lo uso como sinónimo de hermosura, sino como sinónimo de estético. Esto es así porque creo que todo lo que nos causa placer no puede escapar a la belleza. Y considero que la sensación estética, que no siempre acude a nosotros del mismo modo, siempre debemos considerarla bella y llena de vida.

Porque la vida no puede existir sin la muerte, ni la luz sin la oscuridad, ni la creación sin la destrucción. Es por eso que la belleza no puede ser solo de una manera, sino que debe acaparar todas las formas de la realidad, de la naturaleza. Las ruinas entendidas como la destrucción de la perfección y la hermosura deben considerarse dentro del campo del arte, de la capacidad de transmitirnos determinadas sensaciones estéticas.

Aunque uno quisiera ser como Dorian Gray y no envejecer, y que tampoco se afeara nada de nosotros mismos, en realidad no podemos escapar, ya que el hombre es corrupto, es banal, debe perecer, debe arruinarse. Y eso forma parte de la vida, parte de nosotros, parte del arte que nos constituye y nos permite huir al mundo onírico de sueños y sombras, de ideas y verdades.

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