Gustav Klimt, la Filosofía y los Besos

Gustav Klimt decoró el techo del Aula Magna en la Universidad de Viena con una pintura dedicada a la Filosofía. La Filosofía ha inspirado a numerosos artistas durante la historia: el anhelo de saber, la curiosidad del hombre, o la necesidad de una paso más en nuestro conocimiento han sido denominador común para muchos artistas. 

Lo de Nietzsche y Wagner no fue casualidad: son muchas las relaciones que se han dado a lo largo de la historia entre las artes y los filósofos. La Filosofía, en muchas ocasiones, se ha visto reflejada en las creaciones artísticas de cineastas, músicos, escultores, etc. La Filosofía es considerada como un espejo en el que podemos encontrar las características de un tiempo, de una época; el arte, de la misma manera, es espejo de su contemporaneidad, es parte única e imprescindible de su propio presente. Filosofía y arte comparten ambas la necesidad de sentirse ligadas a un tiempo y a un pensamiento contiguo e incesante, casi taladrante en la mente de aquellos que lo han sufrido – o disfrutado.

En su cuadro Filosofía, Klimt quería reflejar un mundo visto a través de las lentes de la Filosofía: un mundo vago y confuso, un mundo gris y enegrecido. El mundo de la Filosofía que Klimt quiso inmortalizar no era casual. La Filosofía había desarrollado un efecto casi mágico en los artistas y pensadores del siglo XIX y XX, una efecto refrescante en contraste a la filosofía dogmática imperante que había dominado los siglos anteriores: una Filosofía de libertad y de ambigüedad se despertaba entre los intelectuales y las ideas de razón y emoción se desdibujaban para proponer una visión del ser humano más cercana, más humilde a la realidad que los artistas contemplaban.

Klimt difuminó el horizonte entre el cielo y el infierno y colocó a la humanidad como estela de humo ascendente – o descendente – que en la confusión de una naturaleza desordenada, queda perdida entre las tinieblas y en la oscuridad desgarradora. Esos cuerpos enredados entre sí se dirigen a ninguna parte y dejan de existir en el mismo momento en el que sus conceptos se olvidan y empiezan a ser puro nada, puro valor desértico. La Filosofía se deshace en los cuerpos de los pensadores tan pronto como ellos creen que la encuentran y desdibujan sus sonrisas y sus miradas para que ellos, intelectuales, se den por fin cuenta de que el mundo, tal y como se lo habían presentado, se deshace en virutas de ceniza.

 

 

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