El exilio del arrepentimiento

En ocasiones, se nos olvida amarnos. Amar cada parte de nuestro cuerpo, mimar cada centímetro de lo que somos nosotros; alguno dirá que lo hace y, sin embargo, podría asegurar casi a ciencia cierta que, seguramente, vuestro cuerpo es uno de los más maltratados por vosotros mismos. No es extraño encontrar maravillosas vallas publicitarias, anuncios televisivos, publicidad acústica en radios, etc diciéndonos y acercándonos todas y cada una de las maneras en las que podríamos mimar nuestro cuerpo; masajes, tratamientos de belleza, salones dedicados al único objetivo del culto a nuestro propio cuerpo para, en horas o, quizás, en tan sólo unos minutos, sentirnos como nuevos, de nuevo, como si alguien tuviera que arreglarnos, como si alguien nos hubiera roto.

“Sentirse como nuevo”, “revitalizado”, “en el paraíso”. Todo es poco para expresar la incesante alegría que experimentamos después de aquellas sesiones en las que fetichistas de nosotros, somo todo cuerpo sin nada de mente y nos reconocemos sólo en el tacto y en la abstracción. La vida nos corrompe y necesitamos un descanso, decimos; un parón para relajarnos y para “devolvernos la vitalidad”. Suena bastante más grave de lo que parece, ¿verdad? Sin embargo, lejos de nuestra absurda preocupación, exageramos nuestro peso existencialista de tanta vida y tan poco sueño; sólo con un masaje, una mascarilla o con un corte de pelo. Total, con eso ya basta para “sentirnos como nuevos”…

Pero, ¿qué ocurre con aquellos que somos por dentro? ¿Quién piensa en aquellas maltratadas sensaciones que luchan por sobrevivir dentro de nosotros y que, por el contrario, guillotinamos sin fuerza ni destreza, de un tajo fijo y calculado nada más ni menos que en plena yugular? El culto al cuerpo, puede, sí, lo entiendo, pero, ¿qué es aquel cuerpo que no siente? – ¿y padece? preguntan a lo lejos -. No existe diferencia entre lo que se padece y se siento, sólo discrepancias entre aquellos que decidimos vivirlo. Angustia, pavor, miedo, dolor, vida, tristeza, absoluta devoción por el chocolate belga; toda emoción nos llena y ¿quiénes somos nosotros para decidir cual de ellas es la buena?

Desterramos angustia y arrepentimiento, hacemos oídos sordos al perdón y a lo incómodo, discrepamos de tristeza y aburrimiento. Pero, ¿quién soy yo para despedirme de ellos? Ama tu cuerpo y aquello que lo conforma, sufre tu cuerpo igual que lo amas, teme tu cuerpo de la misma manera que lo sufres; pero aférrate a todas las sensaciones que conforman tu cuerpo de la misma manera en la que lo hacen tus brazos o tus ojos y aprende a vivirlas, a vivirlas todas. Así nunca te sentirás como nuevo, vacío y sin contenido; si no pleno, con todos los kilómetros que necesites para seguir tu ruta.

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