El tiempo en ‘El perseguidor’ de Julio Cortázar

Hay quien dice que el tiempo es un convencionalismo social, este tiempo que marcan los relojes, que está en todas partes y a través del cual, indudablemente vivimos. He pensado mucho en ello, durante, se podría decir, mucho tiempo. He pensado que este tiempo a través del cual parece que vivimos, el que marca cada instante de nuestras vidas, no es el mismo tiempo que nosotros, como sujeto individual experimentamos; al parecer hay un tiempo externo, y yo siempre he pensado en ese tiempo interno prácticamente imposible de explicar y del que sin embargo me atrevo a afirmar, todos poseemos alguna que otra noción.

Hace unos días, casi por casualidad, o enteramente por ella, fui a dar con un libro cuya existencia me era totalmente desconocida: Clases de literatura Berkelry, 1980 de Julio Cortázar, una transcripción de las clases que como indica el título dio Cortázar en Berkeley en 1980. Entonces, mientras lo leía fui a dar con una mención respecto del tiempo individual que decía así: “[…] mi noción de tiempo como posibilidad de desdoblarse y cambiar, estirarse o ser paralelo […]”, y que te dirige directamente a una experiencia personal del propio escritor que a su vez fue la idea para uno de sus cuentos, El perseguidor. Me vi directamente obligada a leerlo, este cuento que curiosamente nosotros consideramos novela corta (nosotros, los europeos) pero que Cortázar consideraba un cuento, género al que da especial énfasis en el libro anteriormente mencionado sobre sus clases.

El cuento versa sobre un músico de jazz, Johnny Carter, nombre tras el que esconde a Charlie Parker, un saxofonista americano del siglo veinte a quien Cortázar profesaba profunda admiración. A través de varios días en la vida de este músico Cortázar va a ir dando cuenta de diversas experiencias sobre ese tiempo individual del que hablaba al principio.

“Dijo así, cuando uno se abstrae. Pero yo no me abstraigo cuando toco. Solamente cambio de lugar. Es como un ascensor, tú estás en el ascensor hablando con la gente, y no sientes nada rara, y entretanto pasa el primer piso, el décimo, el veintiuno, y la ciudad queda ahí abajo, y tú estás terminando la frase que habías empezado al entrar, y entre la primera frase y la última hay cincuenta y dos pisos. Yo me di cuenta cuando empecé a tocar que entraba en un ascensor, pero en un ascensor de tiempo”.

Además de esta, hay una serie innumerable de momentos en los que el protagonista da cuenta de su experiencia personal respecto del tiempo, de la percepción que tiene de él en momentos muy diferentes y de cómo esto le lleva a preocuparse directamente por el tema del tiempo. La experiencia que Cortázar describe en el relato es una experiencia que él mismo experimentaba asiduamente y especialmente cuando viajaba en el metro de París: esos momentos en los que vamos de una parada a otra separada por apenas unos minutos y sin embargo en nuestra cabeza se reproducen los sucesos que podrían ocupar, acaso, un par de horas.

“Deteniéndome en detalles con ese placer que da el recuerdo cuando uno tiene tiempo y se echa a pensar y está distraído y de golpe el metro se detiene y veo que me tengo que bajar y que han pasado dos minutos. Mi tiempo interno, el tiempo en que todo eso había sucedido en mi mente, de ninguna manera podía caber en dos minutos; no se podía ni siquiera comenzar a contar aun tratando de acelerar el relato como me sucede a veces en algunos sueños –según dicen los entendidos– pueden darnos un desarrollo muy amplio en una fracción de segundos. Eso quiere decir que hay también hay una modificación temporal […]”

Cortázar, como acostumbra, hace gala de su magnífica prosa para acercar hasta donde es posible esta experiencia casi mística de la que os hablo y de la que nos habla. A través de su lectura es sencillo y casi inevitable caer en la búsqueda de momentos como el que describe, momentos en los que nos vemos imbuidos por la vivencia de una manera absoluta, ya sea esta una acción, pensamiento o sentimiento; como decía mi profesor de Antropología y la psicología del flujo, supone la desaparición del yo. Dado que estamos totalmente absortos en el presente y no hay cabida para la proyección pasada o futura que de nosotros mismos hacemos, esta puede ser una buena razón para explicar por qué “desaparece” el tiempo, pues no tenemos noción de nada en absoluto, y el tiempo en el que vivimos se convierte en uno totalmente diferente al que se experimenta a nuestro alrededor, en esa realidad en la que somos pasado, futuro y muy raramente, presente.

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