El ser humano es Poesía

Si la poesía fuera una, y sólo ella nos quitara el alma

Fuera la poesía valiente la que también quemara

 La fuerza, el amor, la rabia

 

Ojalá las maravillas pudieran ser hambre, hambre de conocer cada paso que damos, cada día que sobrellevamos pesos que no son nuestros, pesos que hemos recogido sin quererlo. Porque como letras nos colocamos los unos detrás de los otros e intentamos continuar con una línea que pronto se podría convertir en una circunferencia. Seguimos los pasos de otros, caminos dibujados pero poco definidos, perdidos en un camino preestablecido, pero ignorantes de todas las otras alternativas que el mundo y la vida nos ofrecen. Ni el dolor ni el miedo conoce la poesía, somos los que la leemos los que nos impregnamos en dichos sentimientos como esponjas de lo  huido, de lo oculto, de las tinieblas y de las penumbras de nuestro corazón.

El ser humano es poesía, más exactamente, es un poema, de rima fácil o de rima difícil, de abruptos encabalgamientos como aquellos de Blas de Otero o de dulces serenatas de olor a jazmín como aquellas de los poetas amantes de los naranjos. El ser humano es poesía, poesía viva o poesía cruda, desarraigada o plena, marchita o florecida, vivaz o encarcelada, presa de sí misma o libre en  su propia alama. Y como la poesía, el ser humano se pierde, se pierde en metáforas y en metonimias, tropieza con ponderaciones y exageraciones extravagantes, susurra anáforas y antítesis y se reconforta en sílabas agudas que en su métrica le regalan un segundo más. ¿Qué pasaría, en cambio, si alguien dijera, que aquella poesía que nace del alma, fuera fea y horrenda, fuera penumbra eterna? ¿Es que existe la fealdad en un alma plena? Si quien mira la poesía, en sus ojos refleja todo aquello que quiere ver en ella y, entonces, no es la lectura lo que habla, sino lo que el ser humano lee a través de ella. Lee su ser, se lee a sí mismo.

Sólo hay una característica que diferencia al ser humano de cualquier tipo de poesía. La poesía no ataca, sólo asusta, se esconde en su verdad pero no se deshace en ella, nunca llora, sólo exclama, y grita desde su interior aunque no sea a través del habla. La poesía no duerme en sus pesadillas ni nos desea buenas noches, sino que nos las regala. Nos susurra como a ella le susurra la lluvia y dibuja en nosotros paisajes y quimeras para que seamos nosotros los que la ayudemos a resurgir de las tinieblas de lo no escuchado. Platón en su diálogo Ion se preguntaba a sí mismo si  el arte sería parte de la sabiduría, si teniendo como trampolín a Homero, podríamos conocer todo tiempo de ciencias. A través del arte, muchos de los poetas y rapsodas, llevaban la educación a los ciudadanos de la Antigua Grecia y sólo ellos eran portadores de la sabiduría que el pueblo creía necesario conocer. Platón siempre supo poner a un lado la poesía porque pensaba que era peligrosa, peligrosa e incontrolable por ser una ciencia sin razón, una ciencia sin contrapunto pero, además, una disciplina desgarradora que, a diferencia de las demás epistemes que él defendía, llegaban a corazón de los ciudadanos y los transformaba al antojo de aquellos que querían entender.

Pero ¿era la poesía el peligro o, incluso, el poeta? El poeta, a través de la inspiración de los dioses, escribían las glorias y las virtudes de aquel mundo Antiguo Griego. Los rapsodas, intérpretes de los poetas, eran los odiados por Platón porque aquel mensaje que ellos transmitían no era poesía. ¿Pero acaso el peligro está en aquellos que crean o en aquellos que destruyen? ¿Aquellos que construyen o que deshacen? ¿La realidad en poesía o la realidad contada por aquellos que nos la quieren interpretar?

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