Cuando IKEA me hizo dudar del Ser Humano

Hoy he ido a Ikea. Muchos filósofos se recrean en discursos estéticos y en los que afirman que eventos de la vida cotidiana pueden ser experiencias absolutamtente sublimes, de las que experimentaba Kant al enfrentarse a la divindad de la naturaleza o en la que veía reflejadas sus expectativas sobre la vida, el hombre y la razón. Una película, una banda sonora… son múltiples los elementos que pueden desencadenar en nosotros una experiencia estética renovadora que nos haga replantearnos nuestra manera de vivir y nuestra forma de dirijirnos en la vida. Ir a Ikea no es una de estas experiencias, pero, aún así, tiene su aquél. Obviamente, ésto no es ninguna publicidad… aunque el piso en el que vivo sea más de Ikea que mío propio…

Y, es que, mi historia con Ikea no es corta. Resulta que, hace un año, mi padre y yo hicimos una visita rápida a Ikea para comprar un par de accesorios para el baño en casa de mis padres. Compramos a precio tirado una de esas cestitas que cuelgan desde algún punto en la pared y que tienen múltiples bolsillos para meter el secador del pelo, planchas, peines y un largo etcétera de cosas que, por lo general, estorban. Colgamos la cesta al llegar a casa de un armario flotante que no estaba fijamente agarrado a la pared y… os podéis imaginar… Eso parecía el estado de naturaleza de Hobbes en su estado más puro… #epicfail

Los profesionales necesitamos subvertir lo que hemos entendido que es nuestra tarea. [Una composición de Orientación Educativa Sistémica]

En nuestra nueva incursión en Ikea, fuimos más prudentes e intentamos no comprar nada que pudiera destrozar partes del mobiliario o de nuestra salud mental. Los pasillos repletos de gente y las paredes abarrotadas de productos colgantes no consiguieron intimidarnos ni convencernos de la necesidad de comprarlos. El momento crítico, sin embargo, fue el de caminar a través de esas inmensas estanter’ias llenas de muebles por montar, más aterradoras que los gigantes de los que huía el propio Don Quijote. Íbamos andando de manera tranquila a través de esas inmensas estanterías cuando una de las cajas a nuestra espalda resbalo de donde estaba y cayó desde una altura de dos metros con un estruendo aún más aterrador que las propias estanterías. Mi padre, entonces, miró hacia atrás y musitó: “los muebles del Ikea los carga el diablo”…

Sin ir más lejos que el significado figurado de la frase hecha, me di cuenta de que mi padre había caído, como la mayoría de los seres humanos, en un error tan común que casi nos parece un acierto. Pensamos que los objetos tienen valor ético, que los objetos tienen intenciones y que pueden calificarse como “buenos” o “malos” dependiendo simplemente de su ser. Curioso, ¿verdad? De esta manera, podríamos evaluar una taza como un objeto bueno pero un vaso como un objeto malo, ¡o viceversa! Parece una práctica absurda, dado que una taza puede ser buena si la utilizamos para servir un té a una persona a una persona que está tirste y que necesita un poco de calided para recuperar la sonrisa, pero mala si se la estampamos en la cabeza a alguien después de una pelea… y, ¿si le estampáramos la taza en la cabeza a un ladrón que está intentando robar en nuestra casa? ¿Seguiría siendo mala?

#arquitectura moderna. haraiberia.com

Parece absurdo, pero esa manera de pensar es más recurrente en nuestro día a día de lo que nosotros creemos. Evaluamos diversos objetos personificándolos y asignándoles una valoración moral que sólo sería pertinente si estos objetos tuvieran capacidad de acción. Esta argumentación, además, se extrapola a prácticas que nosotros hacemos y que, de la misma manera, evaluamos moralmente independientemente del sujeto que las realiza, es decir, la práctica como tal. Un ejemplo reciente de esto es el de las armas. Las armas se evaluan como un objeto malo y esta evaluación se hace de manera independiente a su utilización por parte del ser humano, como si el objeto en sí ya tuviera predestinada su naturaleza y fuera una pistola la que forzara a una persona a obrar mal y no al contrario. ¿Significa ésto que las armas son buenas? No, ni mucho menos, si no que nuestras valoraciones, además de al objeto, deberían aplicarse a ese sujeto que hay detrás del mismo…

Y, ¿por qué hacemos esto? ¿Por qué pensamos que los objetos son buenos y malos pero no que aquellos seres humanos que empuñan esos objetos también tienen responsabilidad moral sobre los mismos? Pienso que, de alguna manera, al demonizar o santificar los objetos sin pensar en el sujeto, el ser humano se lava las manos y “se quita un peso de encima”. Piensa que, al valorar moralmente el objeto, su propia responsabilidad disminuye y que, en el caso de un resultado poco favorable de la combinación entre dicho objeto y el sujeto, podríamos encogernos de hombros y entonar una excusa de las del tipo “los objetos X son malos, ¿qué esperabas?”. Los objetos, sin embargo, por sí solos, no son nada, ni buenos ni malos; es el sujeto que los utiliza el que los convierte en objetos susceptibles de una valoración moral.

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