3 Piezas de Música Clásica que todo Filósofo debe Conocer

La música clásica ha sido a los filósofos como la ambrosía a los Dioses Griegos. Musas de su pensamiento, las notas musicales resbalaban entre su pluma y su papel para dar lugar a la melodía del siglo, a la literatura de la época y al pensamiento transversal que podría a más de una sociedad patas arriba. En la antigua Grecia, la música era considerada, junto con la gimnasia y las matemáticas, como uno de los saberes imprescindibles para el correcto desarrollo del intelecto del ser humano. Pretenciosos atenienses pasaban sus días entre liras y canciones de arpa intentando llegar a la perfección de sus cuerpor a través del arte apadrinado por Euterpe. Resulta sorprendente que, de los deliciosos tañidos de la Grecia Socrática, el Siglo XX trajera consigo óperas desgarradoras, un barroco oscuro y la intensidad del pesimismo de Schopenhauer hecho pieza musical.

Muchos lectores de filosofía, a la hora de bucear en una obra de Kant, Kierkegaard, Heidegger o Nietzsche, deciden informarse acerca de su contexto histórico e intentan recolectar el mayor número de detalles sobre la vida de tan pintorescos pensadores. ¿En qué ciudad creció Kant? ¿Cuántos hermanos tenía Nietzsche? ¿Cuántos años tenía Heidegger cuando comenzó a impartir clases en la universidad? Biografías y biografías se alzan ante nuestros ojos cuando queremos conocer cada rincón de cómo vivian nuestros amados pensadores. Sin embargo, pocas veces prestamos atención a lo que escuchaban mientras escribían esos ensayos que constituirían el legado filosófico más importante de la historia. He aquí tres piezas de música clásica que todo filósofo debería conocer porque sólo a través de la melodía llegaremos a lo más recóndito del pensamiento.

Tristan und Isolde in Full Score by Richard Wagner The legendary love story, and Wagner at the peak of his creative powers. Beautifully reprinted here in the authoritative edition prepared by C. F. Peters, Leipzig, ca. 1910.

Tristan e Isolda de Richard Wagner

Presentada en tres actos, la composición del archiconocido músico Richard Wagner fue inspirada por el amor, la huida, la tragedia y el pesimismo de la filosofía de Arthur Schopenhauer. La Ópera de Tristán e Isolda es considerada como el cenit de la operística compuesta por Wagner en la que se destaca su última parte o acto III, Liebestod. Esta pieza fue decisiba en la evolución de compositores clásico como Gustav Mahler o Richard Strauss y sirvió como trampolín para una apuesta armónica novedosa y arriesgada que supuso un cambio de ciento ochenta grado en el desarrollo de la armonía tonal tradicional. La ópera cierra con lo que en alemán se traduce como “muerte de amor” en la que los protagonistas de la pieza, incapaces de contemplar la realidad tal y como les es dada, se dirigen a un destino fatal pero a la vez violento e intenso.

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El Carnaval de los Animales de Camille Saint-Saëns

Como decimo tercer movimiento de la obra, El Cisne es una metáfora de lo perecedero de la vida y está caracterizada por la intensidad de solo de violonchelo que protagonista y conquista completamente el movimiento mientras que el piano lo lleva como mecido por las leves olas del lago en el que muere el cisne. Inspirada por los movimientos de los cisnes mientras nadan, representa la muerte del cisne que vuelve al lago, tras volar, para avanzar y enfrentar la muerte como iguales. Este movimiento ha sido llevado al escenario por la coreografía llamada homónimamente La Muerte del Cisne, una coreografía de ballet clásico interpretada por represetantes incomparable de la danza clásica como Anna Pavlova o Maïa Plissetskaïa que interpretan a un cisne herido a punto de morir.

Madam Butterfly. Puccini

Madame Butterfly de Giacomo Puccini

Escrita también en tres actos, la ópera de Puccini constituye una representación más que veraz del papel de la mujer y de sus connotaciones en una época en la que el tema de la feminidad estaba lejos de ser protagonista. La delicadeza de la música se mimetiza a la perfección con una geisha cuyos movimientos acercan al personaje a lo más humano. La ópera actua compinchada con el público y ya en aquel entonces midió a la audiencia que cada día entraba en el teatro para admirar tal obra. Llena de cinismo e hipocresía, la óperea se debate entre la heroicidad y la debacle sin poder discernir ante quién debemos hacer la reverencia al final de la película o si es el público el que debería reverenciarse ante los actores…

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